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Por P. Manuel Romero LC
Sacerdote Legionario de Cristo
Todo pastor, por tanto, es el medio a través del cual Cristo mismo ama a los hombres: mediante nuestro ministerio —queridos sacerdotes—, a través de nosotros, el Señor llega a las almas, las instruye, las custodia, las guía. Benedicto XVI Audiencia General, 26 de Mayo del 2010
No creo que exista un modo de expresar mejor mi sacerdocio que con la palabra "regalo". Regalo infinito y muy inmerecido que me ha hecho realmente feliz en todo momento. Y si regreso la mirada atrás, a los primeros años de mi vida, lo que descubro es Amor infinito de Dios, y si lo hago en mi juventud…no puedo describirla de otra manera más que regalo continuo de Dios. Y alcanzo a vislumbrar, que si lo hago en unos cuantos años, cuando la vejez me alcance….si me alcanza, que la palabra que seguirá definiendo mi sacerdocio…. ¡será REGALO! No sé si sea mi modo de ver las cosas, o la alegría espontanea con que vivo y que intento transmitir… No sé si sea que soy un ingenuo o alguien con mala memoria…lo que sí sé, es que mi vida se podría resumir con el título "Regalo continuo de Dios"
Eso es el sacerdocio, un gran regalo en el que no se alcanza a ver el final. Un regalo para uno y para los demás. Cuánto asombro ver en cada misa a Cristo entre mis manos. Cuánta alegría cuando puedo alimentar con esa eucaristía a tantos jóvenes y niños, a tantos ancianos….a tantos seres humanos, necesitados de Dios, de su fuerza, de su compañía.
Realmente me sigue temblando la mano cuando en las palabras de la consagración actúo mi fe y veo a Cristo obediente que se pone una vez más a nuestro servicio. El mismo Cristo, que multiplicó los panes y los peces, el mismo que curó al paralítico y al ciego…ese mismo Jesús, vuelve a salir a nuestro encuentro, y cuenta con mis pobres palabras, con mi pobre humanidad para obrar el milagro de los milagros.
Cuántos momentos inolvidables he vivido. Por recordar algunos: cuando he podido absolver en nombre de Cristo, a un señor que nunca había tenido cerca, en sus casi 40 años de vida, a un sacerdote para pedirle perdón a Dios. Cuando he visto esas lagrimas sinceras después de haber recibido lo más grande que alguien puede recibir, la misericordia de un Dios que no se cansa de perdonarnos, de amarnos y de salir a nuestro encuentro. Cuando he podido ofrecer la unción de los enfermos a un señor que estaba a punto de partir de este mundo, y que después de 15 minutos de haberle dado la unción, con paz cerró sus ojos y se encontró con Dios.
Sería difícil enumerar todas esas ocasiones donde he podido experimentar la más profunda felicidad al saberme instrumento del perdón, la paz y el Amor de Dios Por eso me atrevo a decir: ¿Cómo se podría definir el sacerdocio si no con la palabra regalo, si uno perdona en el nombre de Cristo, si uno consuela como Cristo, si uno es, en definitiva, Cristo para los demás? ¿Puede haber una alegría más profunda y verdadera que esta? ¿Puede haber un mayor regalo que este….ser otro Cristo para los demás? ¿Habrá algo que sea más necesario que este perdón, este consuelo, esta PRESENCIA del mismo Cristo en nuestras vidas?
Cada día repetiré a Dios con el corazón: “Gracias por este REGALO con mayúscula, que es el sacerdocio. Ayúdame a ser siempre un dócil instrumento en tus manos”.
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